Dr. Urbano Romero (1918–2015)
Urbano Emiliano Romero, conocido afectuosamente como “Don Romerito”, fue una de las figuras más queridas y respetadas de la comunidad de Mariano I. Loza.
Nació en Curuzú Cuatiá en el año 1918 y desde muy joven comprendió que el esfuerzo sería parte fundamental de su vida.
Trabajó arduamente para sostener sus estudios y convertirse en enfermero, profesión que ejerció con enorme vocación y profundo compromiso humano.
Su labor fue mucho más allá de la atención médica. No conocía horarios ni descansos cuando alguien necesitaba ayuda. Sus pacientes encontraban en él no solamente alivio, sino también cercanía, comprensión y consuelo.
Preparaba medicamentos, acompañaba tratamientos y realizaba controles constantes, siempre con responsabilidad, serenidad y una inmensa empatía.
Compartió muchos años de trabajo junto al recordado Dr. Fernando Irastorza, formando parte fundamental del cuidado de la comunidad.
Junto a Ana Victoria Fernández construyó una familia numerosa y un hogar lleno de amor, criando a sus diez hijos y dejando profundas enseñanzas a sus descendientes.
Muchos vecinos lo recuerdan recorriendo caminos en bicicleta, llevando consigo su maletín de primeros auxilios y su tradicional chaquetilla blanca.
Ni las distancias, ni el frío, ni el calor, lograban detenerlo cuando alguien necesitaba asistencia.
Además de su vocación sanitaria, también cultivó una gran pasión por el fútbol. Durante su juventud se desempeñó como árbitro y acompañó a numerosos jóvenes, orientándolos y ayudándolos a encontrar oportunidades.
En tiempos difíciles, incluso colaboró para que muchos pudieran trasladarse a la ciudad de Buenos Aires, marcando un antes y un después en sus vidas.
Como abuelo, fue una figura firme, recta y profundamente comprensiva. Supo acompañar, contener y criar a muchos de sus nietos, dejando huellas imborrables en cada uno de ellos.
A lo largo de su vida transmitió valores esenciales: el respeto, la empatía, la honestidad, el esfuerzo y el amor por la vida.
También inculcó la importancia de cuidar la salud física, emocional y espiritual, enseñando con el ejemplo más que con las palabras.
Falleció en el año 2015, a los 97 años, manteniéndose lúcido, íntegro y fiel a sus principios hasta el final.
Hoy, su recuerdo continúa vivo en su familia, en sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, así como también en toda la comunidad que tuvo el privilegio de conocerlo.
Don Romerito no fue solamente enfermero: fue guía, ejemplo, presencia y humanidad.
Su historia permanece como parte fundamental de la memoria y la identidad de Mariano I. Loza.